Sony me enseñó a amar el PC
Érase una vez un aparato diseñado especialmente para jugar a videojuegos que permitía a millones de personas disfrutar de sus jueguitos favoritos de forma asequible.
Había consolas de varios tipos y marcas. Portátiles para jugar desde cualquier sitio. De sobremesa, como accesorio perfecto para el salón. Algunas utilizaban periféricos para ofrecer experiencias diferentes.
Todas permitían introducir un dispositivo de almacenamiento que contenía la diversión en forma de código y contenido multimedia. Metías el disco, la tarjeta o el cartucho en la cavidad diseñada para ello y solo tenías que enchufar y jugar.
Algunas marcas se centraban en los graficotes y las superproducciones, porque era su manera de destacar frente a la competencia. Otras tiraban de nostalgia y de juegos que gustaran a su base de fans, por lo que daba igual que el hardware tuviera la potencia de una tostadora. Y también las había que se servían de billeteras abultadas para comprar estudios, tener cuatro juegos y acabar sacándolos en todas partes.
Pero todas tenían algo en común: necesitaban instalarse en suficientes casas para que el negocio funcionara. Por eso podían permitirse venderlas con márgenes pequeños o incluso con pérdidas, confiando en recuperar la inversión después mediante los juegos y los servicios.
Entonces llegó la PlayStation 5 Pro y el cuento se acabó.
La PlayStation que sí compré
A mí me gustaban las consolas. Mucho, además. Después de mi época dorada con los jueguitos en PC —puedes leer más en De frikis, Fallout y CRPG— llegó el momento de las consolas.
Todo empezó con una Xbox 360, porque los de Sony se habían subido a la parra con el precio de la PS3. ¿Déjà vu? Después bajaron de la parra y llegó la PS4. Finalmente llegó la PS5. La reservé en MediaMarkt el mismo día que se abrieron las reservas. Y, viniendo de mí, reservar una consola el primer día es un gesto muy significativo.
La consola tradicional que más he disfrutado en mi vida ha sido, con diferencia, precisamente esa.
Recuerdo el día en que la trajo el mensajero de UPS, que sabía perfectamente lo que llevaba. Cómo abrí la caja, la saqué de los protectores y pensé en lo grande y fea que era. Cómo la coloqué en vertical, con su soporte incluido en el precio, detrás de la tele para que se viera lo menos posible.
Y después llegó el momento de enchufar y jugar a Astro’s Playroom. Un juego incluido con la consola, aunque podrían haber intentado cobrar veinte o treinta euros por él, como habrían hecho otros por mucho menos.
Eso fue en 2020. Casi seis años después no reconozco a Sony. De verdad.
La PS5 se convirtió sin esfuerzo en mi principal plataforma para jugar. En casa ya tenía una Nintendo Switch que usaba de pisapapeles y un PC con gráfica dedicada que utilizaba sobre todo para esas cosas tan de escritorio como los CRPG.
No acabó ahí la cosa. Me podía permitir comprar cacharros y me gustaban los jueguitos, así que llegó a casa una Xbox Series S, que completaba mi parque de dispositivos. Pensarás que lo hice por los exclusivos de Xbox —meme de Mr Jagger diciendo «Ja» con el micro en la mano—, pero en realidad la compré porque me parecía, y me sigue pareciendo, un cacharro interesante. Y, ya que estaba, la empecé a usar con Game Pass.
Yo iba a comprar una PS5 Pro
Pasaron los años y llegamos a 2024. Ya hacía un tiempo que los analistos y los expertos rumoreaban la versión vitaminada de la PS5. Cada vez que aparecía un juego tocho con resoluciones de renderizado bajas o modos de rendimiento que apenas alcanzaban los 60 fps, las redes pedían la Pro. Que se lo digan a Dragon’s Dogma 2, aunque luego se vería que a lo mejor no toda la culpa era de la PS5 base.
Fue un año extraño para Sony. Por un lado, PlayStation veía cómo sus juegos triunfaban con un lanzamiento simultáneo en PC y consola. El culpable fue Helldivers 2. Lo petó con Astro Bot, un exclusivo de consola que se llevaría el GOTY a finales de ese año. Luego pasó lo de Concord, presentado y defenestrado en cuestión de días.
Y, en ese contexto de altibajos, Mark Cerny presentó la PS5 Pro. Yo no suelo ver presentaciones en directo, pero, aunque PlayStation no lo había hecho especialmente bien durante la generación, la Pro me interesaba.
Durante los primeros años hubo demasiado juego intergeneracional y muy pocos títulos diseñados exclusivamente para aprovechar el nuevo hardware. Costaba justificar la compra de una consola nueva, sobre todo cuando PS5 ya había subido de precio respecto a PS4.
Además, a Sony se le empezaba a ver el plumero: subió el precio de PlayStation Plus, convirtió el lector en un accesorio con la revisión del modelo base y dejó de incluir la peana.
Yo iba a comprar una PS5 Pro. Sony tenía aquella venta hecha.
950 euros por una consola
Mi yo de 2024 se lo perdonaba todo.
O, por lo menos, se lo perdonaba hasta que llegó el final de la presentación técnica y vi esto:

799,99 euros. Y, si mirabas un poquito a la derecha, veías que la consola no incluía lector.
Yo llevaba comprando mis juegos en formato físico desde la PS4. No tenía una colección como para convertir mi estudio en un Game, pero tenía mis jueguitos y quería poder seguir utilizándolos. Así que necesitaba un lector: 119,99 euros más.
Además, como ya he dicho, tenía que ocultar la consola en vertical detrás de la tele. La Pro seguía siendo igual de fea que la base, así que había que sumar también la peana: otros 29,99 euros.
Sin descuentos, porque en aquel momento no los había, la cuenta se iba a 949,97 euros. Redondeando, 950.
Duro, señores.
Yo iba a comprar la Pro. Estaba convencido. Había contemplado pagar 700 euros, incluso 750, pero con todo incluido.
950 euros por una consola me parecían una abominación.
Volver al PC
Por ese precio podía montarme un ordenador para jugar. Tenía algunas dudas sobre la potencia que conseguiría, pero estaba bastante seguro de que, incluso sin datos concretos de rendimiento ni benchmarks por parte de PlayStation, podría montar algo como mínimo comparable.
Además, en ese momento ya era un satisfecho poseedor de una Steam Deck y había probado las mieles de SteamOS para jugar.
En el fondo quería creer que el precio de la Pro estaba justificado. La PlayStation que me había dado horas y horas de entretenimiento con sus anteriores consolas no podía estar especulando con sus usuarios. No podía volver a caer en la soberbia de la generación de PS3. No podía tropezar dos veces con la misma piedra. O eso pensaba.
Pero, cuando lo miré en frío y presté atención a la escasa información técnica que habían dado, empecé a sospechar que aquellos 950 euros no estaban comprando potencia, sino el privilegio de tener la mejor PlayStation.
Y sigo pensando que Sony estaba probando hasta dónde podía tensar la cuerda. La respuesta le serviría para poner precio a lo que viniera después.
Así que, antes de que la Pro llegara a las tiendas, ya tenía en casa un ordenador para jugar. La RAM y el almacenamiento todavía tenían precios razonables, así que pude montar un equipo alrededor de una RTX 4070 Super que superaba ampliamente lo que ofrecía la consola y encajaba con la forma en que quería jugar.
Con él empezó mi segunda época dorada de los videojuegos en PC.
Por 950 euros no compré la mejor PlayStation. Monté un PC que la superaba ampliamente.
Enchufar y jugar
Hasta ese momento había elegido la consola porque me ofrecía una forma de jugar asequible y, por qué no decirlo, cómoda.
Es más, gracias a los precios de la octava y la novena generación, pude comprar una consola de cada gran marca sin remordimientos. Aunque, en realidad, solo usara una.
Pero, cuando la Pro me rompió el corazón y me pasé al PC, todo eso cambió. Y no tardé en darme cuenta de que había acertado.
Para empezar, ahora tenía potencia de sobra. El juego con el que estrené el PC, dejando de lado clásicos de los benchmarks como Cyberpunk 2077 o Red Dead Redemption 2, fue Black Myth: Wukong.
En ese momento había cierta polémica con ese juego en PlayStation porque no iba especialmente bien en la PS5 base. Hablamos de noviembre de 2024 y aún no había salido un parche específico para la consola de 800 euros sin lector. La cosa mejoró un poco en diciembre, pero tampoco era para tirar cohetes.
En cambio, con mi ordenador de 950 euros podía jugar con calidades altas, a buena tasa de imágenes por segundo y sin demasiados problemas.
En lo que se refería a la comodidad, la diferencia entre una consola y un PC tampoco era tan grande. Ya había podido comprobar de primera mano que el PC puede ser tan de enchufar y jugar como la consola, gracias a la Steam Deck.
Si quería, podía iniciar Steam en Big Picture y utilizar el ordenador prácticamente como una consola. Manteniendo las distancias, claro. No llegué a hacerlo porque no me suponía ninguna fricción usar el entorno de escritorio clásico para jugar. Desde el sofá, con un teclado y un ratón inalámbricos, tampoco era ningún drama hacer doble clic en un icono, coger el mando y jugar.
Algunos negacionistas del PC gaming dirán que eso no es cierto por motivos diversos: que hay que configurar ajustes gráficos, que los juegos fallan, que hay que arreglarlos y otras historias raras. Yo digo que eso no ocurre la inmensa mayoría de las veces, que ya no estamos en 2005 y que, si no quieres complicarte, también puede ser enchufar y jugar. Sería un debate interesante —y peligroso— para un foro de internet.
En resumen, me encontré con un entorno de juego maduro y sin apenas fricciones, que además me permitía jugar con mejor calidad y rendimiento que en una Pro sin dejarme 3000 euros.
Evidentemente, había una pega: no podría jugar a los exclusivos de PlayStation.
Si mirábamos atrás y contábamos los juegos propios de PS5 que seguían sin versión de PC, en el momento del lanzamiento de la Pro eran cuatro. Y uno era Destruction AllStars. A día de hoy hay dos más. El global sale, siendo generosos, a juego por año.
No hay más preguntas, señoría.
Lo último que me quedaba de PlayStation
De esta forma, ya no me merecía la pena seguir pagando PlayStation Plus. De un tiempo a esta parte, renovar la suscripción anual se había convertido en una rutina. Que la aprovechara o no ya era otra historia. Al final, 60 euros al año no me suponían un desembolso importante y tenía los juegos del Plus. Más o menos compensaba, aunque esos juegos que te «regalaban» solo se podían disfrutar mientras siguieras pagando.
Pero, antes de la presentación de la Pro, Sony había aprovechado los tres niveles del servicio, implantados en 2022, para subir los precios. Essential, que era el básico y el que utilizaba yo, pasó de 60 a 72 euros al año. Una subida del 20 % asumible sobre el papel, pero que no me daba la gana de aceptar. No renové.
Tampoco compraba juegos digitales. No le encontraba mucho sentido a la PlayStation Store, más allá de esas calentadas de fin de semana por la noche que te pillaban en casa, cuando te apetecía comprar un jueguito y no querías esperar al lunes.
Si podía comprar el mismo juego más barato en una tienda, en formato físico, con su cajita, su disco y, a veces, incluso con manual y pegatinas, ¿por qué iba a quererlo en digital, más caro y sin goodies?
De hecho, aun después de pasarme al PC, mantenía la Play más o menos activa gracias a esos exclusivos temporales que me interesaban. Como Death Stranding 2, que, evidentemente, compré en físico para guardar su caja en la estantería junto a todas las demás. Más barato que en la Store, además.
Mi idea era mantener esa convivencia: el PC como plataforma principal, eminentemente para juegos en formato digital, y la Play para cuando me apeteciera tener un juego físico, guardadito en algún rincón de mi estudio para la posteridad.
Sin el formato físico, PlayStation dejó de ofrecerme algo que no tuviera ya en PC.
Hasta el 1 de julio de 2026.
Ese día PlayStation anunció a través de su blog que dejaría de producir nuevos juegos en disco a partir de enero de 2028. Un anuncio que conmovió al mundo —no exagero— y que, además, llegó acompañado de otra noticia especialmente oportuna: el cierre progresivo de las tiendas digitales de PS3 y Vita.
Ya podrían haber separado ambas noticias en el espacio y en el tiempo.
Y ahí se terminó de romper el equilibrio.
Hasta ese momento todavía podía justificar tener una PlayStation en casa. El PC era mi plataforma principal, pero la consola seguía ofreciéndome algo distinto: la posibilidad de comprar un juego físico, guardarlo, prestarlo, venderlo o simplemente verlo en la estantería años después.

Sin discos, la PlayStation se convertía para mí en una plataforma digital más. Solo que cerrada, menos flexible y con una tienda controlada por la misma compañía que fabricaba el aparato.
Y para eso ya tenía un PC.
Sony no perdió únicamente la venta de una PS5 Pro. Perdió mi suscripción al Plus, buena parte de mis compras y, salvo que cambien mucho las cosas, también la venta de una futura PS6.
No sé cuánto costará ni qué potencia tendrá. Tampoco sé si llegará con lector, con uno vendido aparte o directamente sin sitio donde colocarlo. Pero sí sé que ya no la compraré por inercia.
Durante años acepté las limitaciones de una consola porque era asequible, cómoda y me permitía comprar juegos físicos. La comodidad ya no es exclusiva de las consolas, el precio ha dejado de ser necesariamente contenido y el formato físico tiene fecha de caducidad.
Así que vuelvo a la pregunta del principio: si una consola cuesta casi como un PC y ya ni siquiera me deja comprar los juegos como quiero, ¿para qué quiero una consola?
Sony quería venderme la PlayStation más exclusiva.
Lo que consiguió fue que dejara de necesitar una.