El primer verano en que mis padres decidieron dejarme solo en casa, en lugar de llevarme con ellos a unas vacaciones insoportables para un preadolescente, me sentí liberado. Una de las primeras cosas que hice fue ponerme a jugar a la Play como si no hubiera un mañana.
Fue un despiporre. En aquel momento estaba obsesionado con Gran Turismo 2. Ya casi lo tenía todo y solo me faltaban las míticas carreras de resistencia, esas en las que te pasabas horas dando vueltas al mismo circuito. Recuerdo perfectamente un Ruf amarillo, una pizza de Casa Tarradellas y la sensación de tomar las curvas rápidas a fondo sin que nadie viniera a decirme que ya era suficiente.
Antes de la Steam Deck
Durante los años de estudios superiores, la cosa cambió. Ya no había restricciones de tiempo en casa para los videojuegos, al menos por parte de mis padres. Pero tenía que dejar tiempo para los estudios, el trabajo y los amigos. En aquella etapa, los videojuegos estaban al final de mi lista de prioridades.
Con el tiempo encontré cierta estabilidad y pude volver a dedicarles tiempo de verdad. Las sesiones volvieron a alargarse y jugar dejó de competir constantemente con todo lo demás. Podía pasarme buena parte de un fin de semana en casa, sin remordimientos, delante de una partida.
Fue durante esa etapa cuando descubrí que lo que de verdad me gustaba eran los géneros que exigen tiempo, continuidad y cierta disposición a desaparecer durante unas horas. Una forma de jugar que no tardaría demasiado en chocar con la vida que vino después.
La vida que vino después resultó bastante menos compatible con esa forma de desaparecer. Llegaron más responsabilidades, menos fines de semana enteros y sesiones que rara vez pasaban de una hora. No es que dejara de apetecerme jugar, pero cada vez era más difícil encontrar el momento adecuado para sentarme delante del ordenador y hacerlo con calma.
Luego está el otro asunto: me flipan los cacharros. Voy a querer comprar cualquier dispositivo nuevo que lleve un microprocesador dentro. Puede que solo sea una lavadora, pero da igual. Así soy yo.
Cuando empecé a ver aquellas primeras handheld anteriores a la Steam Deck, fue amor a primera vista. Siempre había querido una consola portátil y nunca había podido disfrutar de una en condiciones. Y cuando digo «en condiciones», me refiero a poder tirarme en la cama, como cuando era adolescente y vivía en casa de mis padres, para jugar un rato antes de dormir.
Había echado alguna partida esporádica a una Game Boy Pocket, a una Game Boy Advance y a la mítica PSP, pero siempre prestadas y durante el tiempo justo para que me pusieran los dientes largos.
Las GPD y las Ayaneo planteaban un escenario que me volvía loco. Eran miniordenadores con arquitectura x86 y APU de bajo consumo capaces de ejecutar juegos de PC en un dispositivo portátil. Y me dirás: «Para jugar en portátil ya estaba la Switch». Y yo te daré la razón.
Pero no solo me atraía la idea de poder jugar sentado en el váter, sino también el hecho de tener un cacharro abierto con el que jugar a cualquier cosa de PC, emular consolas y usar Photoshop si me apetecía. Esa libertad videojueguil formaba parte esencial del atractivo.
El problema era que aquellas máquinas seguían siendo difíciles de justificar. Eran caras, procedían de marcas todavía poco conocidas y dejaban dudas sobre el soporte, la garantía y esa costumbre de lanzar revisiones y modelos nuevos cada dos por tres.
Pero entonces llegó tito Gabe con la Steam Deck y lo cambió todo.
No fue la primera handheld, pero sí la primera que conseguía reunir casi todo lo que me atraía de aquellas máquinas sin obligarme a justificar un precio cercano al de un portátil gaming.
Me cuesta mucho hacer compras importantes, y me refiero a «importantes» cuando se trata de desembolsar casi la mitad de un SMI. Así que no hice la reserva de forma inmediata. Pero tampoco tardé mucho. Tenía bastante claro que quería un cacharro así y el hecho de que estuviera basado en Linux, tuviera a Valve detrás y saliera a un precio razonable terminó de convencerme.
El modelo de 256 GB NVMe fue el que me hizo decidirme y desde entonces sigue acompañándome en muchas sesiones de sofá, mientras mi hijo ve una película los sábados por la tarde.
Cuando jugar dejó de exigir una tarde entera
Aunque la compra tenía un componente más pasional que racional —no compré la Steam Deck porque buscara resolver una carencia concreta en mi día a día—, lo cierto es que terminó cambiando mi manera de jugar y de entender los videojuegos.
Cuando la portátil de Valve llegó a casa, ya tenía una Nintendo Switch. Pero en 2022 la híbrida de la Gran N empezaba a acusar el paso del tiempo y yo apenas la utilizaba. Las resoluciones internas y el rendimiento de muchos juegos third party dejaban bastante que desear, precisamente en los títulos que me apetecía jugar tirado en el sofá. Los first party funcionaban mejor, claro, pero nunca he sido demasiado amigo de pagar el precio que Nintendo pide por ellos.
La primera víctima de la Steam Deck fue, por tanto, la consola de Nintendo.
A partir de ahí empecé a jugar mucho más en las zonas comunes de casa. Ya no tenía que encerrarme en mi mazmorra cada vez que me apetecía echar una partida. Podía jugar en el salón, en el jardín o en la terraza. Incluso empecé a llevarme la consola de vacaciones.
Hoy en día es el dispositivo que me permite echar mis partiditas cuando mi hijo ve una película en el sofá, juega en el jardín o cuando me apetece acabar una partida pendiente en la cama antes de dormir.
Y esto es gracias a las facilidades que ofrece.
Aunque la base es la de un PC, incorpora mejoras de calidad de vida típicas de una consola. De hecho, hay un debate abierto en la comunidad sobre si se le puede llamar consola o no. Hay quien directamente la llama PC consolizado y, a mí personalmente, no me gusta discriminar, así que cualquier término me parece correcto.
En PC, ¿cuántas veces te has encontrado con prisas por cerrar uno de esos juegos que no permiten guardar cuando quieres, después de llevar veinte minutos esperando un autoguardado? A mí me ha pasado muchas veces. Alguna he terminado perdiendo el progreso porque, evidentemente, no iba a llegar tarde a recoger a mi hijo del colegio. Lo de los juegos que deciden cuándo puedes levantarte de la silla daría para otro artículo.
Una de las cosas que siempre me ha gustado de las consolas modernas es poder suspender una partida y retomarla más tarde exactamente donde la había dejado. La PSP fue pionera y, en la generación de Xbox One y PS4, esta posibilidad llegó también a las consolas de sobremesa.
Steam Deck no inventa nada en ese sentido, pero sí traslada esa comodidad a un dispositivo con acceso a buena parte de la biblioteca de Steam. Es cierto que Windows permite suspender el sistema desde hace mucho tiempo, incluso con un juego abierto, pero nunca ha sido una función tan bien integrada ni tan fiable como en una consola.
Pensemos en otra situación. Tienes media hora libre antes de irte a trabajar y podrías aprovecharla para continuar la partida que dejaste a medias. Pero ponerte a jugar implica encender el PC, iniciar sesión, abrir Steam —o el lanzador que toque—, esperar a que arranque el juego y confiar en que podrás dejarlo cuando llegue la hora. Con esas condiciones, es bastante probable que ni te molestes y termines haciendo scroll infinito con el móvil, tirado en el sofá.
Steam Deck elimina buena parte de esa fricción. Pulsas el botón de encendido y continúas donde lo dejaste. Cuando necesitas parar, vuelves a pulsarlo. Eso es oro para cualquiera al que le cueste encontrar un rato tranquilo para sentarse a jugar.
No me ha dado más tiempo para mis partidas pendientes; lo que me ha permitido es aprovechar mejor el tiempo que ya tenía para jugar.
No es oro todo lo que reluce
La Steam Deck tiene pegas y no se pueden obviar.
Para empezar, está la autonomía. En mi caso no es un problema grave, ya que mis sesiones en portátil suelen ser cortas. Lo máximo que suelo jugar es lo que dura una película de Pixar, y eso normalmente lo aguanta si el juego es el adecuado.
Y ahí está la clave. No es lo mismo ejecutar Symphony of War: The Nephilim Saga o uno de los Baldur’s Gate clásicos que jugar a Assassin’s Creed Shadows. Todos se pueden jugar en la consola —mención especial a Shadows, que va sorprendentemente bien—, pero con los primeros puedes superar las cuatro horas de batería sin demasiados problemas, mientras que con el segundo es posible que la sesión no pase de una hora u hora y media.
También relacionado con la duración de las sesiones, antes decía que en portátil suelo jugar durante menos tiempo que en una pantalla grande. Al final acabo sintiéndome fatigado, y no es porque la consola me parezca pesada o incómoda. Al contrario: si has tenido una Switch en las manos, te sorprenderá lo cómoda que puede llegar a ser la máquina de Valve.
Pero sí es verdad que jugar mucho rato en portátil acaba resultándome incómodo. Es una concesión que hay que aceptar a cambio de poder jugar en el tren de camino a tu lugar de vacaciones.
Y, para acabar, está la potencia. Se puede jugar a muchísimas cosas en Steam Deck, incluso a juegos de fuera de Steam. Pero no esperes ejecutar los últimos AAA con todas las garantías y mantener, además, una autonomía razonable.
A menudo es posible configurar los ajustes gráficos para acercarse a los 30 fotogramas por segundo, recurriendo a modos agresivos de FSR o XeSS, y la experiencia puede ser aceptable. El problema es que eso dispara el consumo y puede dejar una imagen bastante borrosa, especialmente cuando el juego se está reconstruyendo desde una resolución interna muy baja. Y los juegos son cada vez más exigentes.
Estoy preparando otro artículo sobre los juegos que me encajan en Steam Deck y los que no. La mayoría de los AAA recientes acaban en el segundo grupo. Hay excepciones, por supuesto, pero eso ya forma parte de otra partida pendiente.
Cuando recuerda que sigue siendo un PC
Después de leer hasta aquí, si volvemos a abrir el melón de cómo llamar a la Steam Deck, seguramente estemos más cerca de la consola que del PC. Ya he dicho antes que no me parece importante la denominación que usemos para referirnos a este cacharro. Pero, llegados a este punto, apenas hemos tratado todas aquellas cosas —flipantes— que hacen que la máquina de Valve se aproxime más a un PC que a una consola.
Libertad. Si pienso en libertad en los videojuegos, me viene a la cabeza la posibilidad de instalar mods que corrijan errores o mejoren el apartado gráfico, jugar a un título traducido a tu idioma gracias a una comunidad que ha trabajado por amor al arte o disponer de juegos sin depender constantemente de una conexión a Internet, siempre que su DRM lo permita.
Estas son algunas de las bondades del PC. Hay muchas más y, aunque algunas han llegado también a las consolas, es en el ordenador donde siguen teniendo más recorrido. Ese es otro asunto que daría para hablar largo y tendido.
Pero aquí nos vamos a quedar con una idea: la Steam Deck permite hacer buena parte de todo esto gracias a su modo Escritorio y a su filosofía abierta.
Este modo está disponible sin florituras. Pulsas el botón «Steam», buscas la opción «Cambiar a Escritorio» y, unos segundos después, el modo Juego se cierra para dejar paso a un escritorio con su barra de aplicaciones, menú de inicio, accesos directos y reloj, como en tu Windows habitual. La diferencia es que esto es Linux. SteamOS está basado en Arch Linux, para ser más exactos.
Antes de continuar, y para evitar que nadie se asuste, tengo que aclarar que es perfectamente posible utilizar la Steam Deck sin entrar jamás en el modo Escritorio. Es totalmente opcional. Un caramelito para quienes disfrutamos trasteando, pero opcional. Tú no tienes por qué tocarlo si no quieres.
Y otra cosa: que tampoco os intimide demasiado. Hacer ciertas cosas no es especialmente complicado y, mientras no te pongas a borrar archivos sin saber qué son o a copiar comandos a ciegas, resulta bastante difícil dejar la consola inutilizable.
De esta manera podremos instalar juegos de otros launchers que no sean Steam. A Valve le gusta el dinero y preferiría que siguieras comprando en su tienda, pero no le preocupa que decidas comprar Alan Wake 2 en Epic. Gabe Newell tampoco se pondrá celoso si optas por comprar Cyberpunk 2077 en GOG, donde se vende sin DRM.
Valve no tiene complejos, está segura de sí misma y no va a dar ninguna pataleta como una PlayStation despechada.
No hace mucho me apetecía jugar a algo parecido a Disco Elysium en la Deck. Después del boom que provocó el juego de ZA/UM, empezaron a aparecer proyectos que seguían su estela, algunos impulsados por antiguos miembros del estudio y otros por valientes desarrolladores que se atrevían a surfear la ola.
La cosa es que, aunque a estas alturas algunos de esos Disco Elysium-like ya deberían haber salido, después de mucho buscar no encontré ninguno que me llamara la atención.
Así que opté por jugar a uno que se le puede parecer —tiene mucho texto, poco más— y que llevaba tiempo en mi backlog: Citizen Sleeper.
El problema era que no tenía traducción al castellano y, en un juego narrativo de este tipo, no me apetecía jugarlo íntegramente en inglés. Así que busqué, encontré e instalé una traducción de la comunidad. A los cinco minutos ya estaba jugando en un castellano perfecto —es una traducción muy buena— en la Steam Deck.
El caso de los mods es muy similar al de las traducciones. Muchos juegos tienen problemas puntuales con algunos aspectos, normalmente cerca del lanzamiento.
Un ejemplo es el maravilloso Fallout: New Vegas que, a día de hoy, gracias a la comunidad, se puede jugar sin muchos de los errores que todavía arrastra su versión oficial.
La instalación de estas modificaciones se puede hacer de forma bastante sencilla a través del modo Escritorio de la Steam Deck.
Y creo que ahí está buena parte de la gracia de la Steam Deck. Cuando solo quiero jugar, se comporta como una consola: pulso un botón, continúo donde lo dejé y puedo volver a suspender la partida cuando lo necesite. Pero, cuando quiero salirme del camino marcado, instalar una traducción, añadir un mod o jugar a algo comprado fuera de Steam, sigue siendo un PC.
No siempre lo hace todo de forma perfecta. A veces hay que configurar, buscar una guía o aceptar que determinado juego se verá mejor en una pantalla grande. Pero prefiero tener esa posibilidad a depender de un sistema que decida por mí qué puedo instalar y cómo tengo que jugar.
La Steam Deck no me ha devuelto aquellas tardes interminables de verano con Gran Turismo 2, un Ruf amarillo y una pizza de Casa Tarradellas. Tampoco era eso lo que necesitaba. Ahora tengo ratos más cortos, partidas que se interrumpen y menos oportunidades para desaparecer durante horas.
Lo que ha hecho es adaptarse a esa realidad. No me permite jugar más. Me permite jugar.